Cuentos

 

Al pie del  Pacará

      El calor apretaba desde la mañana, apenas si había podido pegar los ojos durante la noche. Hacía días que el termómetro no bajaba de 40º, así no se podía descansar y por lo tanto no se podía trabajar.

     Rosendo siguió desmalezando el surco. Siempre había sido bueno con el machete, tanto para el trabajo como para  el entrevero. No era hombre de andar con pleitos pero si lo buscaban, lo encontraban. Desde muy mozo había sabido defenderse, sin avasallar pero sin humillarse.

      Y así no más, con sus cavilaciones, le llegó el medio día. El sol era una bola roja en el azul del cielo. Ni siquiera el sombrero de paja mitigaba esos rayos implacables. El saco de lana que llevaba puesto lo fatigaba  aun más, parecía pesar una tonelada. Se había acostumbrado a usarlo para no quemarse el pellejo y quedar más tostado de lo que era.

      El cañaveral lo asfixiaba, las cañas ya altas en el verano, creaban una atmósfera húmeda y  pesada. Si por lo menos lloviera un poco para apaciguar esteinfierno, pensó.

      Bebió un sorbo de agua del jarro que había dejado reparado entre las ramas para que estuviera fresco. Lo  escupió, el agua estaba hirviendo, aunque había tenido la precaución de taparla con  hojas de chala, estaba tan caliente que era imposible tomarla. La sed le devoraba las entrañas. Era una sensación atormentadora. Comenzó a sentir las piernas blandas como cuando se pasaba de grapa, pero  lo único que había tomado era un jarro de mate cocido y un pedazo de pan a las 6 de la mañana. Una flojera terrible le invadía el cuerpo. El sudor se le había vuelto frío, miró hacia el cielo y se acordó de la Eulogia. Se acostó sobre la tierra caliente. Pensaba en ella, en su vientre inmenso apoyado en la puerta del rancho, al despedirse de él. Empezó a respirar agitado, le costaba  mantener los ojos abiertos, poco a poco se le fueron cerrando hasta que se le hizo la noche en medio del sol.

      Después de un tiempo bastante prolongado, despertó en la salita de primeros auxilios. Sintió que la cabeza le estallaba. Se tocó la frente y tanteó algo mojado. Era una toalla con agua fría que le  había puesto Dona Chela, la enfermera de la sala de Primeros Auxilios de Leales – Provincia de Tucumán.

       Se preguntaba como había llegado hasta allí, no podía recordar. Quiso hablar, pero no pudo, las palabras no salían de su boca. Un dolor agudo en la nuca le hizo apretar los dientes. La enfermera le hizo señas para que se callase, mientras le decía:

      -Te insolaste, Rosendo. Te trajo el  negro Brizuela. Te encontró de casualidad yendo para el puesto, alcanzó a ver un manchón  negro en el suelo. Eras vos, chango, medio muerto llegaste, agradéceselo, porque un poco más y no contás el cuento. No hubieras sido ni el primero ni el último que se muere insolado en el surco. Quédate callado pues. Ya se le avisó al capataz y Don Enrique también lo sabe. Tomá este vaso de agua de a sorbitos, y trata de descansar.

       A veces parece que la mala racha se ensaña con uno. Y eso es lo que le pasó al Rosendo. La desgracia se le estaba pegando en la piel y el no lo sabía, pero lo intuía, además de sentirse mal físicamente, un extraño presentimiento lo invadía, quería volver al rancho con su Eulogia, necesitaba verla, sus ojos mansos le curaban todos los males, hasta ese maldito dolor de cabeza que lo estaba torturando.

        En ese preciso instante la Eulogia estaba pariendo sola, en su rancho, mejor dicho, fuera del mismo, al pie del pacará cuya sombra refrescaba el alero donde solían matear juntos. Cuántos atardeceres, contemplando la puesta del sol sin mediar palabras, le bastaba mirarla para ser feliz.

      Cuando sintió la primera puntada, fue a buscar el atadito de ropa  que tenia preparado hacía más de un mes. Después mientras se reponía de la segunda contracción, se lavó como pudo y se puso un vestido limpio. Las alpargatas ya hacía tiempo que no se las podía calzar de tan hinchados que tenía los pies. Un dolor fuertísimo la dobló en dos. Cuando pudo recuperarse, comenzó a caminar hacia el sulky, pero vio con angustia que el zaino estaba atado al palenque, sin rienda ni freno. No lo lograría. El dolor cada vez era más intenso, le cortaba la respiración. Se tendió en la hierba fresca, abajo del pacará, pensó en el Rosendo, en sus brazos fuertes ciñéndole la cintura, en su sonrisa, si él estuviese con ella todo sería más fácil. El dolor parecía partirle la espalda. Tuvo miedo. Pujó con fuerza tratando de ayudar a su hijo a nacer. Gritó, un alarido desgarrador turbó el silencio de la siesta. Intentó  varias veces, cada vez perdía más fuerzas. Ya estaba en las últimas, cuando escuchó un galope a lo lejos, pensó que estaba soñando, se sentía tan débil, cerró los ojos y el Rosendo que no venía.

        Cuando llegó Eustaquio, no lo podía creer, al verla se puso pálido, esas eran cosas de mujeres y él no sabía como ayudarla. Eulogia dio otro grito y con las  fuerzas que le quedaban, en  un esfuerzo descomunal dio a luz a una chinita. Eustaquio que había improvisado una sábana con su camisa, la envolvió y se la puso arriba del pecho. Todavía había que cortar el cordón. Con un hilo de voz Eulogia le pidió que cortara la unión entre su hijo y ella y que le hiciese un nudo para que no se desangrara. Eustaquio, a pesar de ser un mocetón quinceañero lo hizo. Los brazos de la Eulogia ya no podían sostener a la beba. Eustaquio la tomó en sus brazos y la acercó a  la madre quien la besó con dulzura. Estaba muy cansada. Se dejó ir, cerró los ojos y pensó en su hombre y en su niñita. Su corazón no pudo resistir el trabajo de parto.

        Ella como muchos otros en el noroeste de nuestro país, padecía el mal de Chagas, una enfermedad cruel, cuyo agente trasmisor es la vinchuca que anida en los techos de paja.

        Mientras tanto el Rosendo, no podía dejar de pensar en la Eulogia. Trato de incorporarse y a duras penas pudo sentarse. De repente vio entrar al Eustaquio  llorando con un recién nacido en brazos. Dona Chela tomó suavemente a la bebita al tiempo que le decía:

        - Hablá chango ¿Qué pasó pues?

        Con voz entrecortada, Eustaquio dejó salir toda su angustia narrando lo que había sucedido.

        Rosendo también gritó, pero de bronca, de pena, de impotencia. Rosendo gritó llorando a su amor perdido y él sin poder ayudarla, sin siquiera poder abrazarla para quitársela a la parca.

        Mientras tanto Doña Chela había limpiado a la bebita y la había envuelto en una toalla limpia.

       -Toma Rosendo, esta es tu hija. La Eulogia luchó hasta el final para que pudiera nacer.

       Rosendo la tomó en sus brazos, enmudecido por la pena. Una mezcla de ternura y de bronca le atizonó el alma. Dios mío, cuantas pruebas más quería darle la vida. No era suficiente haberse criado guacho de padre y madre que también tenía que perder su prienda. Esa mujer dulce y serena con la que siempre había soñado, esa era su Eulogia. Y ahora estaba allí, muerto de tristeza, con un pedacito tibio de su carne y de su sangre.

       Rosendo la miró y pareció verse en los ojos de su compañera perdida, abrazó con fuerza el fruto de su amor. Respiró hondo y siguió viviendo, mientras se decía a si mismo: Por vos Eulogia, y por nuestra chinita. Porque en ella y por ella te seguiré amando mientras me quede vida.

                                                                              Elena Kohen






 
Obra publicada en el libro: “De Buenos Aires al Mundo”
Elena Kohen es correctora, colaboradora e integrante del libro
   
 Antología que reúne a escritores y artistas plásticos de 8 países y 3 continentes.
    
Con el Auspicio de la Secretaria de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de
     Buenos Aires. CR Nº 2093-SC-05. 09 de marzo de 2005.